La adolescencia; el primer gran cambio corporal

Cuando se es adolescente, la vida aparece intensa por primera vez. Y no es solo una percepción subjetiva. En términos biológicos, nuestro cuerpo activa un torrente de hormonas que nos hacen cambiar físicamente como, quizás, nunca antes lo habíamos hecho. De pronto, al vernos al espejo, todo cambia y podemos no reconocemos. Porque, en esta etapa, se empiezan a manifestar los denominados caracteres sexuales secundarios que nos permiten transitar desde la infancia a la adultez. Aparecen los vellos, la primera menstruación, el botón mamario, los olores corporales, el acné (entre otros). Un cambio que implica una transformación física que, en ocasiones, puede ser repentina y generar un fuerte impacto en la percepción de la imagen corporal.

“Esos cambios físicos, a veces, irrumpen en una psicología que todavía es muy inmadura. Muchas veces, el pensamiento del adolescente no va a la par con su proceso de cambio hormonal y ahí aparecen inconsistencias, donde el niño o niña se extraña de su corporalidad. Esto va afectando en la autoestima porque estas transformaciones requieren un proceso de aceptación del nuevo cuerpo que, a lo mejor, ni siquiera les gusta”, dice la psicóloga infanto-juvenil, Javiera González (@psicologa.javieragonzalez). “No es fácil dejar el cuerpo infantil porque es una corporalidad mucho más en latencia, sin tanta identidad, que depende de otro, mientras que en la pubertad hay una búsqueda del género y sexualidad”, añade.

Si ya es complejo tener que atravesar este campo hormonal que significa la adolescencia, hacerlo en pandemia, es aún más tormentoso. Así lo describe la pediatra y doctora en Medicina de la Universidad de Harvard, Perri Klass, en un artículo publicado en el New York Times. En el texto, Klass explica que muchos jóvenes se están sintiendo ansiosos y angustiados por volver a encontrarse con sus amigos porque su aspecto ya no es el mismo de antes. Así, los cambios normales de la edad parecen estar más pronunciados -al menos en la autopercepción- por el aislamiento social del encierro. “Algunos pueden estar regresando a la escuela con cuerpos que se han transformado durante meses en casa, y aunque los compañeros de clase pueden haber notado ciertos desarrollos como una voz quebrada, acné o vello facial en las pantallas Zoom, otros cambios serán mucho más evidentes en persona”, afirma.

Más allá del contexto de pandemia -que en sí mismo es un estresor-, esa angustia que sienten los jóvenes por el reencuentro con sus amigos también se entiende por la comparación que se genera entre pares durante esta etapa. Así lo explica la revisión literaria Desarrollo durante la adolescencia. Aspectos físicos, psicológicos y sociales publicada en la Revista Pediatría Integral: “Cuando el proceso de desarrollo está muy adelantado o retrasado respecto a sus compañeros, el adolescente tiene a menudo dificultades de adaptación y baja autoestima. Por ejemplo, una chica de 11 años cuyo cuerpo está desarrollado como una de 15, o el chico de 14 años con un cuerpo como otro de 10 años”. En esos casos, se generan sentimientos de incomodidad, vergüenza o inseguridad al ver que el desarrollo está por sobre o por debajo de los demás. “Por genética, estos cambios se producen en diferentes edades dependiendo de la persona. Hay niñas que parten a los 8 y otras a los 11 años, entonces en el colegio, empiezan a ver las diferencias y eso les afecta. Pero hay que reafirmar que, no porque una niña tenga una edad, va a ser físicamente igual a la otra”, señala la pediatra Lilianette Nagel de la Clínica Alemana.

Esas expectativas que se generan respecto al ‘deber ser’ corporal, también están dadas por referentes culturales, estereotipos y cánones que, en su mayoría, provienen de las redes sociales. Así, aparecen ciertos patrones que hacen que este proceso sea aún más complejo. “Ahora los adolescentes tienen referentes asiáticos. Antes no era así, tenían cánones más europeos o norteamericanos. Ahora vemos cómo los personajes de animé, que son sexualmente medios indiferenciados, o con cuerpos muy delgados, tienen incidencia y los chicos se sienten identificados y quieren tener estos cuerpos que son valorados como algo bonito. Entonces ese cambio cultural impacta en la imagen corporal y cómo ellos sienten que tienen que ser, para ser aceptados y coincidir en un grupo”, analiza Fiorella Alegro, psiquiatra infanto-juvenil de la Clínica Santa María.

Así, los adolescentes evalúan su ‘nuevo’ cuerpo entorno a esos estándares que, muchas veces, son inalcanzables. Y, para las mujeres, este proceso parece ser aún más exigente. Un estudio realizado por la Universidad Nacional de San Luis de Argentina así lo expone: “Las chicas muestran mayor insatisfacción por su aspecto físico que los chicos, lo cual puede deberse a que la mujer es altamente valorizada por el entorno social en base a su atractivo físico. Este hecho podría estar afectando la percepción de las niñas desde muy temprana edad y su intento por asemejarse a los modelos de cuerpos esbeltos imperantes en el imaginario social”. Esto, coincide además con los datos recolectados por el colectivo La Rebelión del Cuerpo en una encuesta online de 2017. En el sondeo, se reveló que 58% de las jóvenes entre 14 y 25 años tienen como principal preocupación la apariencia física, transformándose en el segmento etario que pasa mayor tiempo pensando en dichos parámetros. “Por la valoración cultural de los estereotipos, las mujeres pasan a entender, desde muy chicas, que supuestamente tienen que ser súper hijas, súper alumnas, súper deportistas y, además, tener un cuerpo perfecto. Y el no calzar en estos patrones puede causar cuadros psiquiátricos, ansiosos y depresivos”, analiza Fiorella Alegro.

Por eso, Fiorella manifiesta que, para adaptarse de mejor manera al cambio corporal, los padres y madres de los jóvenes deben fortalecer la autoestima de sus hijos desde que son pequeños. “La autoestima es uno de los predictores más potentes del grado de ajuste psicológico durante adolescencia y adultez. En el fondo, les facilita tener una buena adaptación social porque el desarrollo de su identidad contribuye a este proceso más relacionado con lo biológico. Un adolescente con buena autoestima interpreta las experiencias negativas de modo más funcional y tiene mejor ajuste social, mejor establecimiento de relaciones interpersonales y una relación positiva con la afectividad”.

Además, para que el proceso no se enfrente de manera inesperada, los especialistas sugieren que padres y madres conversen abiertamente con sus hijos sobre los cambios que se producirán a nivel físico para que, este proceso, se tome con mayor naturalidad. “Es importante anticipar los cambios que van a ocurrir y acompañar de manera delicada y sensible. Hay que encontrar un valor en esta transformación. Qué lindo sería poder compartir con tu familia cómo tu cuerpo cambia porque es algo que todos hemos vivido en algún minuto. Entonces los niños van a tomar como natural, por ejemplo, los cambios en la voz”, analiza Javiera González y añade: “También hay que cuidar la relevancia que le estamos dando al peso. Deberíamos tener una mirada más amplia y pensar cómo nos conectamos desde el cuidado y no desde la apariencia. Entender que el cuerpo es algo que tengo que conocer por sobre su aspecto”.

Finalmente, Lilianette Nagel va más allá y explica que a nivel social aún nos falta por avanzar en este tema, sobre todo porque no existe una Ley de Educación Sexual Integral. “Esta incomodidad y tabú parte porque hay un desconocimiento. En nuestro país, nos falta educación sexual para poder hablar más abiertamente sobre estos cambios en esa etapa de la vida. Hay que abordar estos temas para que cuando llegue la pubertad, ese niño o niña esté preparado y no lo sienta como algo que pasó de repente o como que es algo inadecuado. Ponerlo sobre la mesa, es un factor protector y también un derecho de los adolescentes”.

Leave a comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *