Constanza Mendoza: “Tuve que volver a conocerme y decir ‘esta soy yo ahora y es maravilloso’”

“Mi vida ha sido más bien lineal, pero hay dos grandes hitos que la marcaron. El primero ocurrió cuando estaba en la universidad. Entré a estudiar trabajo social y cuando me quedaba un año para terminar la carrera me di cuenta que no era lo que me hacía vibrar. En una de las últimas prácticas, fui a un colegio vulnerable y tuve mucha más conexión con los niños que estaban ahí que con el trabajo que había ido a realizar. Salí del colegio convencida de que quería estar del lado de los niños, y supe que no terminaría mi carrera. Pero no tenía idea cómo se lo iba a contar a mis padres.

El día que salí de ese colegio dejé de ir a la universidad, pero hice de cuenta que seguía yendo. Durante cuatro meses, salí todos los días de mi casa con el almuerzo, tomé la micro, llegué hasta la puerta de mi universidad y no entré. En cambio, me pasaba el día paseando y sentada en paraderos. Recuerdo el día que sentada en uno, y mientras me comía el almuerzo, decidí que tenía que hablar de lo que me pasaba. Cité a mis papás, lloré y les dije todo. Y para mi sorpresa, pude ver que ellos ya sabían. Mi mamá, en cierto sentido, había escondido conmigo el secreto. Solo estaba esperando que yo lo comunicara. 

Ellos ya estaban separados y ambos eran un encanto. Pero se habían esforzado mucho por entregarme una educación, y en mi casa nunca había sobrado nada. Desertar y cambiar de carrera implicaba, además de todo el movimiento personal, un costo económico. Y lo que menos quería hacer era fallarles. En mi cabeza, entonces, me fui llenando de temores. Temores que por cierto no estaban justificados, y que más bien eran conmigo misma, porque el día que finalmente hablé con ellos, sólo validaron mi decisión.

Y así, al poco tiempo de que me abrí sobre la pena, el miedo y la incertidumbre que había sentido durante esos meses, me apareció un mechón blanco en el pelo. Fue sutil al comienzo, pero luego fue acaparando toda mi cabellera y se fue mezclando con las canas. Tenía 22 años y no me cabe duda que me salió por la tremenda pena que sentí. Porque en el momento en que hablé y me liberé de esa gran carga, mi cuerpo soltó y tomó su curso. Aunque haya sido raro, porque nadie en mi familia había tenido canas tan joven, lo vi como algo positivo. Era una marca más, como todas las otras que vamos acumulando en nuestras vidas, algunas visibles y otras no. Ese momento marcó un quiebre con mi vida antigua.

Pasó el tiempo, me emparejé y luego, con la maternidad, llegó la segunda transformación radical y sus respectivas cicatrices. Al poco tiempo de perder una guagua, volví a quedar embarazada. Durante ese periodo, me preocupé de hacer ejercicio y alimentarme bien. Tenía más tiempo, más energía y toda la ilusión de finalmente, tras años de haberme dedicado a los niños de otros, tener los míos. Con ese parto y posparto no viví mayores cambios físicos. Luego, a los 33, tuvimos a nuestro segundo hijo y ese nacimiento me vino a mostrar que la vida se pone difícil y que en la maternidad faltan manos, que el cuerpo se cansa, y que la energía no es inagotable. Viví ese embarazo con alegría pero noté cambios físicos grandes; de partida engordé mucho y me llené de estrías, porque hacia el final del tercer trimestre, la guagua se posicionó en mi abdomen de una manera que me tensó y estiró mucho la guata.

En ese minuto no había mucha información y no existían ginecólogas mujeres como las que hay ahora, que velan por un acompañamiento integral, y a quienes admiro. En esa época una iba al ginecólogo y te mandaban para la casa, sin decirte que existen opciones de fisioterapia y kinesiología posparto. Me dejé de lado y pasé a un segundo plano. Pero ahí la deuda es con la maternidad en general, porque no solo vivimos nuestro embarazo poco acompañadas, sino que también, cuando comienza la crianza, nos damos cuenta que la coparentalidad todavía es irreal en el día a día. Aunque existan las buenas intenciones y la voluntad, quien carga con las preocupaciones cotidianas y quien se acuerda de la hora del pediatra es la mujer. Sin querer me dejé estar, porque no me sobraba el tiempo para dedicar a mi salud física. Al final, la madre que nutre a los hijos y a la familia, no se nutre a sí misma.

En mi caso, ni me di cuenta, pero lo que tenía era una diástasis abdominal, que en realidad es muy común, y que básicamente implica tener las paredes abdominales abiertas. A la mayoría se les cierra en el periodo del posparto, pero a algunas no, y además se nos hunde el ombligo. Eso hace que se vea un estómago hundido y lleno de estrías. A su vez, puede conllevar otras dificultades asociadas, como hernia o dolores de espalda.

Despertar y ver ese cambio corporal fue muy difícil. De un día para el otro fui otra persona y tuve que volver a conocerme. En cierta medida, y guardando las proporciones, es pasar por un duelo que viví acompañada de mi red de amigas. Durante un año, me costó mucho mirarme al espejo y volver a quererme, pero en la vorágine del día a día se me fue pasando. Lloré en muchas conversaciones y me sentí poco atractiva, pero conmigo misma, no para el resto. Mentiría si dijera que afectó mi vida sexual, eso no fue así. Pero sí afectó la seguridad que tenía en mí misma. Porque dejar atrás nuestra antigua versión, o lo que creemos saber de nosotras, y despertar sin reconocernos, nunca es fácil. Hasta que finalmente decidí que eso no iba a truncar mi proceso y que tenía que aprender a volver a quererme. Esta era yo después de mis hijos, y eso era maravilloso. Y eso era también lo que quería transmitirles a ellos.

En la medida que pasó el tiempo, me fui encontrando nuevamente atractiva. En la pandemia quedé embarazada nuevamente y se me volvió a derrumbar el mundo, pero este embarazo fue con otra mirada y esta vez no me dejé de lado. Ahora tengo mi tercera guagua de cuatro meses y, a mis casi 38 años, puedo decir que la madurez te permite  amarte incondicionalmente. Ya se alejaron de mí esas presiones e inseguridades que surgen desde la publicidad y los comerciales, que en realidad nunca fueron mucho mi foco. Mido 1.50, entonces estoy lejos del prototipo de belleza que ahí se muestra. Y hoy, cuando mis hijos me preguntan por qué tengo la guata así, les digo que tengo un sol brillante. Y eso les encanta, porque además piensan que hay un sol porque ellos nacieron ahí. Es toda una narrativa”.

Constanza Mendoza (37) es profesora de básica.

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