Paula Letelier: “Entendí que la feminidad siempre está, con o sin una pechuga”

Me enteré de mi cáncer en 2017, una semana después de llegar de un viaje que anhelaba mucho. Fui a ver a una amiga que se había mudado a Argentina. La semana en que volví fue súper intensa en la pega, como un aterrizaje forzoso a la realidad. Así que ese viernes, terminé agotada. Llegué a la casa y me tiré en la cama para relajarme y no sé por qué –yo ahora le digo la mano divina– posé mi mano sobre mi pechuga.

Nunca tuve la intención de revisarme, tampoco lo había hecho antes porque tenía la idea de que esos exámenes se hacen después de los 40 años, sobre todo en mi caso, que no tengo antecedentes familiares. Pero ese día, sin intención, me encontré con una dureza en la mama izquierda. Quedé todo el fin de semana pasándome rollos, pero a la vez confiada de que no sería nada.

El lunes conseguí hora para exámenes y fui sola. El radiólogo me alertó, dijo que se veía feo y me pintó un muy mal panorama. Salí destrozada. Y ahí comenzó todo: activar el GES, largas esperas en el sistema público de salud; también fue complejo pensar en el tema de la fertilidad. Una semana antes de partir el tratamiento me dijeron que iba a ser muy difícil que volviera a tener hijos, que si quería tener, la opción era congelar óvulos, pero eso retrasaría el comienzo del tratamiento. La presión estaba encima mío y, si bien no estaba en ‘campaña’, me había ido a vivir con mi nueva pareja ese mismo año. Finalmente decidí partir con el tratamiento, porque lo primordial era estar sana para el hijo que ya tenía.

El comité de médicos decidió que mi tratamiento iba a ser quimioterapia, cirugía y radioterapia. Pasé por todos los síntomas, quedé pelada y aunque para mí eso no fue tan terrible, en 2018 me hicieron mastectomía completa, me sacaron toda la mama y el ganglio. Y eso sí es difícil, porque las pechugas son un símbolo femenino. Tuve que tomar la decisión de si ponía o no una prótesis. En algún momento pensé en quedar ‘tuerta’, plana de un lado. Pero al final me dijeron que por mi peso era una buena candidata para la prótesis. Aun así, es difícil ver un cambio como este. Al principio, cuando me metía a la ducha y me veía al espejo, sentía culpa por permitirme haber llegado a esto.

Pasé por varias angustias y hasta hoy sigo trabajando el plano emocional. Pero con el tiempo entendí que la feminidad siempre está, con o sin una pechuga, porque todas las otras virtudes siguen ahí. Una mujer puede ser bella tal como es su cuerpo, por eso hay que cuidarlo y honrarlo. Desde la alimentación hacia afuera.

El año pasado, en plena pandemia, me detecté otro nódulo en la otra mama. También fue casualidad, me estaba rascando y lo sentí. Esta vez lo encontramos a tiempo y todo fue más fácil, pero significó revivir procesos. Los cambios físicos son difíciles de vivir cuando son drásticos y además dependen de otros. Cuando los doctores te dicen que decidieron por sacarte una mama, algo tan íntimo, de una, no alcanzas a procesar muy bien el tema. Es chocante, pero al final logras entender que este es un llamado a ver más en el interior, no tanto lo que se ve por fuera.

He tenido la suerte de vivir este periodo en pareja. Me he sentido acompañada y pienso que quizás hubiese sido distinto estando soltera. Aprendí a aceptar mi nuevo cuerpo con sus cicatrices. Ahora estoy más acostumbrada a mis mamas así, me incomoda a veces, pero me importa poco. De hecho estar aquí, mostrando mi proceso, es parte de lo mismo, porque somos muchas las mujeres que  pasamos por esto.

Cuando se vive algo así, una se concentra en cuidar el organismo y también al entorno, a la tribu, a la familia. Y aunque suene cliché, también se aprende a vivir el presente; a no desperdiciar las cosas simples, que es tan fácil caer en eso por las presiones, por cumplir, por estar siempre mirando el futuro. Hoy agradezco todo lo que tengo, cuestiones simples como reirme un rato con mi pareja y mi hijo, por ejemplo; también agradezco la posibilidad de estar compartiendo esto y que pueda dar apoyo a mujeres que pasen por lo mismo; siento gratitud por las personas que me han acompañado, familiares, amistades y otras que aparecen en el proceso de sanación. Y por último le agradezco a la vida, por la oportunidad de profundizar en lo esencial. Después de todo esto, el físico pasa completamente a un segundo plano.